Responsabilidad...¿de quién?
- 4 abr 2017
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No es lo mismo que un alumno tenga problemas en la comprensión de una asignatura que el hecho de que, simplemente, NO SE ESFUERCE en estudiarla. Muchas veces los estudiantes se escudan en el “no lo entiendo” para no desvelar a sus padres que son ellos los que no le dedican el tiempo suficiente a los deberes o al estudio. En los casos más extremos, esa falta de interés empieza incluso dentro de las aulas; no atienden a las explicaciones ni respetan a los profesores y eso se traduce meses después en un ataque hacia los docentes cuando reciben malas calificaciones. Como consecuencia de ello, el fracaso escolar aumenta. Los padres se preocupan por esas supuestas dificultades de aprendizaje, pero la realidad escondida es que los hijos no se concentran porque les interesan más otro tipo de actividades extraescolares o, porque simplemente, están distraídos con sus relaciones interpersonales a través del uso excesivo de las redes sociales.
Ramon Casals (catedrático de matemáticas, con más de treinta años de experiencia como profesor) asegura que los padres deben estar accesibles para dar a los hijos las herramientas necesarias para resolver sus dudas, ayudándoles personalmente o buscando un repaso escolar.
Desde Blanch Centre Acadèmic entendemos la palabra “refuerzo” o “repaso” como “volver a leer algo que ya se había leído o estudiado con anterioridad”. Cuando un joven tiene que aprobar un examen, preparará los temas en cuestión durante las semanas previas. Leerá los contenidos antes de que el profesor empiece a impartir la materia en clase, tomará apuntes durante la explicación del mismo, posteriormente realizará resúmenes y por último memorizará ciertos datos. Llegado el día previo al examen, lo más adecuado es que el estudiante realice un repaso de toda la materia. Los conceptos le sonarán porque los habrá trabajado y, tras resolver las dudas con las personas que le ayuden (familiares o centros académicos), podrá fijar los conocimientos.
Siempre es aconsejable que desde casa se haga un seguimiento de todo este proceso. Es positivo que se revisen diariamente los ejercicios de los estudiantes; no para comprobar que estén bien resueltos, sino para controlar que han trabajado. Si desde el ámbito familiar se muestra interés por sus tareas o por buscarles ayuda externa en el caso de no poseer los suficientes conocimientos para ayudarles personalmente (o no disponer del tiempo necesario a causa de la jornada laboral de cada ámbito profesional), los jóvenes entenderán que tienen a su disposición la atención y dedicación de sus padres y empezarán a darle importancia a sus estudios. En caso contrario, su apatía se acentuará y se tenderá a desprestigiar el trabajo de los profesores para justificar su incompetencia.
Las preguntas que les surjan a los estudiantes sobre una determinada tarea deben atenderse…pero nunca es aconsejable resolverles la totalidad de los ejercicios. Así no se colabora con su aprendizaje. Ese tipo de actitudes les proporciona una comodidad que, en repetidas ocasiones, les lleva a desarrollar una tiranía hacia los docentes particulares porque se creen con el derecho de exigirles que les hagan los deberes porque “se les paga para ello”; perdiendo así todo el respeto hacia ellos.
No olvidemos que los exámenes los realizan solos. Un niño que no está acostumbrado a ejercitar su cerebro será incapaz de interpretar de manera independiente los enunciados de los ejercicios de las pruebas escritas. Un ejemplo claro de ello se repite constantemente en el estudio de las matemáticas. No se puede memorizar el planteamiento de un problema. Se pueden saber los pasos a seguir para ejecutarlos con éxito, pero cada ejercicio es distinto, y si un alumno no deja que nadie le dé armas para afrontar ese reto y prefiere que alguien le haga el deber, llegará el día del examen y suspenderá.
¿De quién será esa responsabilidad? Existe la tendencia a pensar que es el del profesor pero, ¿es esa idea generalizada la acertada?. Os animamos a reflexionar sobre ello.




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